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José Luis Garcés González

Cuerpos Otra Vez
José Luis Garcés González
Ediciones El Túnel
Montería, 1993

Cuerpos Amados

Hace un año fui con mi madre a visitar la tumba de mi abuela. En verdad, abuela no estaba. Visitamos la lápida. Un trabajador la limpió con agua y jabón y le echó un poco de pintura. Le quitó algunas hierbas que prosperaban a su alrededor. En el frente, una enredadera bajaba como una plomada triste.

A un lado, un frondoso y verde árbol de almendros se alimentaba con las vitaminas de los muertos. El aire sin pájaros de las diez de la mañana parecía próximo a incendiarse. Mi madre rezó y se lamentó varias veces: "Ay, mi madre", dijo repetidamente. Su rostro regresó a la melancolía y le vi disminuido el porte. No imaginaba ella que pocos meses después moriría y que yo tendría que ocupar el lugar de su tristeza, el reemplazo de su lamento. Tendría que meter en mi cuerpo esos dos cuerpos. Llorar por ella y por mi abuela. Ambas, ahora, duermen en mi pecho y ya no pueden despertarse.

1993.


Tristana

(La de Buñuel)

No haré el elogio de tus pestañas, Tristana. Algo triste les ha dejado la vida. Bella miel disimulada: tus ojos. En ellos la inocencia del buen pecado. Orificios de pocos olores, rosa y sudor, calle y madrugada: tu nariz. Piel manzana. Piel mango. Manzana exacta. Mango preciso. Canoa de taberna: tu último labio. El labio de arriba, fruta triste música distante. Elevación de pura tierra, montaña prudente, grito para el diente: tus pómulos.

Orejas de perro fino, lóbulos de algodón sinuano y de mordisco, y un arete de esclava y de creyente. Pintura tibia, oro tímido, mar en surcos cayeron sobre tu cabeza y se derramaron hacia los hombros: el resto es trabajo del viento. Arrebato inverso. Venganza de hilos.

Tristana, mujer del daño, déjame beber, déjame lamer, déjame morder. Veneno, vino y carne. Luego, la muerte, el árbol que se inclina, la ansiosa espina cuya furia ablanda.

Julio 27 de 1993.


Esa cicatriz que se mueve

A veces el río es una enorme serpiente que duerme. A veces, sobre su inmenso lomo, se remueven reptiles con escalofríos, aguas iniciales que van formando barrancas y meandros, vegetales que venían dormidos desde que fueron arrancados al bosque salvaje de las cabeceras y que ahora despiertan en el liquido verde de los sueños.

Sobre ese cuerpo, que en un tiempo fue cauce seco y después triste lágrima, navegaron largas embarcaciones de máquinas y paletas, embarcaciones de pito melancólico y humo escaso en donde viajaban hombres a los cuales el amor habla convertido en ladrones, y pasajeros llenos de afanes y hambres que iban hacia esas casas enormes circundadas de platanales y cayenas rojas, que se levantaban silenciosas en las orillas defendidas por una tupida red de higos y guamas, y alertadas por perros de rabo largo que le ladraban sin compasión a todo lo que surgía de las aguas.

Cuerpo que se hunde es el río. Vestidura resbalosa, atadura de barro prieto, hembra de loca cintura es el rio. Como lo es la larga y curva cicatriz que humilla, en ocasiones diversas, la geografía sin dientes de las tierras del Sinú, cuando el río llora en búsqueda de madre, atacado por espadas y por terribles lluvias que derriban árboles, matan iguanas, hacen huir a las culebras y empujan los cuerpos de los hombres y semovientes hinchados que no alcanzaron la bendición del último salto y que, rumbo al mar, viajan con los ojos abiertos y fijos y las patas tiesas.

Ese cuerpo ha doblegado a mercaderes y bañantes, diversas las fechas, multitudinarios los cuerpos; ha jugado con la desesperación en la cueva atroz del remolino de Majagua y ha tragado como tubo innombrable todo lo que a su paso sale, señor y rey de la vegetación y el valle, para luego vomitar escorias y vinagres en la llanura baja y en las ciénagas de eneas y de peces negros, arrastrando toda la materia putrefacta y risueña que le sirvió a los hombres para elaborar la fragilidad de los sueños y la dureza de las esperanzas.

 

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